domingo, 18 de enero de 2009

El colador


La mujer del pescador cuela el agua antes de beberla para no soñar por la noche con tempestades y naufragios.

sábado, 17 de enero de 2009

Los Barruecos

Esta tarde hemos ido a Los Barruecos, un lugar de piedra y enigma que se encuentra apenas a once kilómetros de Cáceres. Los días que, como hoy, sale el sol, pasear por allí aporta un poco de sosiego a esta existencia como de prestado que llevamos de unos años a esta parte (cuando se vive con niños, uno comprende muy pronto que el protagonismo pasa en exclusiva a ser suyo y de sus necesidades más que inmediatas).

No me extraña que Wolf Vostell (de cuyo soberbio museo hablaré en una futura entrada) lo eligiera para levantar en él (aprovechando la restauración del antiguo lavadero de lanas) un centro de arte contemporáneo dedicado a su obra.

Y es que no resulta muy habitual encontrarse con tanto que ver en un mismo espacio: los referidos lavadero y museo, un embalse, pinturas rupestres, rocas de granito que parecen venidas de otro planeta, docenas de nidos de cigüeñas …



Y, sobre todo, el silencio.

Un silencio prehistórico. Denso. Imponente.

Chose me sonreía mientras le daba el pecho a la niña (tiene veintiún meses) sentada en una roca.


El silencio.



Que terminó un poco antes de que el sol se pusiera por completo y decidiésemos terminar la excursión (ya en Cáceres) con un chocolate con churros en Olqui, un local pequeño y acogedor donde se tiene la sensación de que el ajetreo y las prisas quedan detrás de los ventanales empañados y el calor en las manos al coger la taza.



De trashumancias y trashumantes

Ediciones trashumantes. Otra de esas magníficas editoriales de poesía cuyos libros no se encuentran (todavía) en las librerías de Extremadura. Tiempo al tiempo.
El diseño de sus títulos es imaginativo y fresco. Y su catálogo, personal y arriesgado. Se encarga de mantenerla a flote David Moreno, un riojano que vive desde hace años en Valencia, uno de esos benditos locos que gasta su energía y su dinero en publicar la poesía que a él le gusta, sin importarle si el autor es más o menos conocido.
Si tenéis un rato, echadle un vistazo a su página (www.edicionestrashumantes.com). Merece la pena.

La virginidad

(En la tele, una chica con un micro en la mano entrevista a todo el que pasa por la calle. No he visto el comienzo del programa, pero, por el cariz de las preguntas, me imagino que el tema debe de estar relacionado con las costumbres sexuales de los entrevistados. Me quedo con la respuesta que transcribo a continuación.)

- Lo de la virginidad está bien. Lo único, que conoces a menos gente.

Una caja para meter ideas


Hoy cumplo treinta y siete años. Los suficientes como para que las bases de los concursos de poesía joven lo excluyan a uno de manera definitiva. Debe de ser por hechos como ése por los que nos damos cuenta de que realmente la vida iba en serio. Cuando era adolescente y no me dejaban entrar en ciertos sitios (a ver, el carnet), quedaba el consuelo de que, tarde o temprano, cumpliría dieciocho y, entonces, no habría local que se resistiese. Ahora la sensación es parecida. Con la única diferencia de que en este caso el tiempo no me traerá la llave de ciertas cerraduras, porque es justo el tiempo el que las ha sellado todas.
Pongo sobre la mesa lo que me han regalado (seguro que sin merecerlo): unos guantes de piel marrón, un neceser de viaje y un juego de café. Manu dice que mañana me va a dar una caja para meter ideas.
Las tazas y los platillos para el café son de las que me gustan (cómo se nota que ha sido idea de Chose, que me conoce mejor que nadie). Un diseño setentón digno del mismísimo Tony Manero. Nos vendrán de perlas. Desde que empezó el año estamos como locos con la nueva cafetera (una de esas modernas de cápsulas, de las que salen en el anuncio de George Clooney) que nos han traído los desacralizados reyes magos. Se ve que al pijo de Papá Noel la única cafeína que le va es la de la Coca-Cola.









La felicitación de Irene consistió en hacerme reír probándose las gafas de sol de su madre y poniendo caras raras delante de la cámara.





















Muy raras.

jueves, 15 de enero de 2009

Luis Felipe Comendador



La semana que viene subiremos Antonio (Reseco) y yo a Béjar para recoger los ejemplares del poemario que acabamos de sacar en su imprenta. El autor es Luis Arturo Guichard, un escritor mejicano que da clases en la universidad de Salamanca. El libro es de lo mejor que he leído en mucho tiempo, aunque, por desgracia, la crítica (debido a que lo sacaremos nosotros, es decir, una editorial microscópica) no le prestará la atención que merece. Ellos se lo pierden. Porque, por mucho que se empeñen en no querer verlo, dentro de poco se convertirá en un título de culto. No tengo ninguna duda de ello.

Béjar.

La imprenta del mago Luis Felipe Comendador.

A finales de 2005 fuimos a pasar allí un fin de semana. Queríamos que Manu conociese la nieve. Fue muy divertido. Desde pequeño Manuel ha demostrado tener puntería. Recuerdo que un servidor era su blanco favorito cuando jugábamos a que nos tirase el pañal que le acabábamos de quitar. Acertaba casi siempre. Pues esa mañana lo mismo, pero con bolas de nieve. Qué tío. No fallaba una.

Nos reímos.

La tarde la dedicamos a dar un paseo por el centro del pueblo. Faltaban un par de noches para fin de año.

Una calle peatonal.

Tiendas.

Chose se compró un gorro y unos guantes.

A Manu le hicimos una foto junto a un Papá Noel de plástico al que le llegaba por la cintura.

Yo había curioseado en un par de librerías que no tenían mala pinta. No encontré nada que mereciera la pena. Pregunté por algún título de Luis Felipe Comendador, del que lo único que sabía era que había publicado en Visor y que era de Béjar. Me respondieron que, casualmente, suyo en ese momento no tenían nada. Que si quería que me los podían pedir.

Déjelo, no hace falta.

Di las gracias.

Me marché.

Resignado a no traerme ningún trofeo de aquel viaje (el safari literario es mi deporte preferido), me fijé en el escaparate de una papelería en cuya puerta había un expositor cargado de periódicos y revistas del corazón. Detrás del cristal, entre estuches, manuales y demás material escolar, vi un par de libros (la portada un tanto gastada por el sol) con el logotipo de una editorial de la que no había oído hablar en la vida: El árbol espiral.

Decidí entrar. La papelería apenas se reducía a una habitación con estantes donde se ordenaba todo tipo de lápices y bolígrafos.

Me dije a mí mismo que allí no iba a encontrar nada. En fin. Ya puestos, preguntaremos. Por si las moscas.

Atendía un señor con más apariencia de dependiente de ultramarinos que de librero: bajito, delgado, calvo, bigote recortado, gafas de pasta color carne y pantalones de tela con raya en medio.

Estuve a punto de darme la vuelta aprovechando que un chico delante de mí lo tenía entretenido con el fascículo de esa semana de un coleccionable de informática.

Pero me tocó.

¿Puedo ayudarle?

Lo que vino después me estuvo bien empleado. Menuda cura de humildad. Para que vuelva uno a fiarse de las apariencias.

Resultó que aquel señor con aspecto de tendero me puso a prueba. O eso me pareció. Cuando le pregunté, así, en general, si tenía libros de poesía, señaló hacia los cuatro o cinco (las típicas antologías y romanceros) que acumulaban polvo en los anaqueles. En cambio, cuando me interesé por los libros del escaparate y mencioné el nombre de Luis Felipe Comendador, su rostro cambió por completo.

Sin mediar palabra, fue a la trastienda y regresó con un montoncito de libros. Maravillosos. Editados con gusto y mimo. El tipo de papel, las cubiertas, la tipografía. El hallazgo cobró aún más valor al descubrir entre aquellos volúmenes (casi todos de poesía) a autores como Antonio Orihuela, Jorge Riechmann o Gonzalo Santonja.

Una vez que el librero se percató de que algo entendía de literatura, volvió a visitar la misteriosa trastienda un par de ocasiones más. Otros dos montones. El tesoro de Alí-Babá. Revistas, novelas, poemarios diminutos, colecciones de cuentos … Todos con el mismo sello (lf ediciones), ramificado en tres colecciones: El árbol espiral, Los libros del consuelo y La viuda alegre.

Le compré el lote entero.

Luego me explicó que lf ediciones era el nombre de la editorial del propio Luis Felipe. Añadió que en la calle Colón (¿conoces algo Béjar?) tenía una tienda de comercio justo donde seguramente podría encontrar otras cosas.

Me despedí de él dándole las gracias por enésima vez. Miré el reloj. Las tiendas estaban a punto de cerrar. Corrí intentando llegar a la dirección que me había indicado. No la encontré.

No importaba. Me prometí que volvería con más calma.

Y lo hice.

Cinco meses después.

En abril.

Fuimos con Sole y Nuria. Nuria, que estaba en clase de Manu, no había visto nunca la nieve. Me da la impresión de que su madre tampoco.

Al llegar al pueblo, me bajé. Quedamos en que ellas subirían a la Covatilla con los niños y que a la vuelta me recogerían.

Colón 26.

Me había aprendido la dirección de memoria. Confieso que iba algo nervioso. El pulso acelerado.

Había que fijarse bien, porque el cartel de la tienda era muy pequeño, de ésos de los que en el portal de un bloque de pisos informa de que en la segunda planta pasa consulta el doctor fulano de tal.

Dentro había dos chicos negros tecleando en un ordenador que, al verme, me preguntaron qué deseaba. Mencioné el nombre de Luis Felipe. Respondieron que llegaría enseguida.

Dicho y hecho.

Luis Felipe me recibió como si me conociera de toda la vida, cuando yo sólo le había escrito un par de correos electrónicos para felicitarle por la forma en que editaba.

Cariñosísimo.

Te los presento. Éstos son Yusuf y Malik.

Unas escaleras conducían al sótano de la tienda.

Bajamos.

Impresionante. Creo que no cerré la boca en ningún momento.

El sótano parecía un desván, ya que en él se abría un ventanal enorme que proporcionaba mucha luz. Costaba caminar sin tropezar con alguna caja llena de libros. Apenas quedaba espacio libre. Apoyados en la paredes, había miles de números de una especie de periódico local. En los huecos, clavados con chinchetas, carteles que informaban de la lectura de poetas (Luis Alberto de Cuenca, Jorge Riechmann) que habían pasado por aquel lugar.

De cada una de las cajas, Luis Felipe sacaba un ejemplar (el siguiente más hermoso si cabe que el anterior) hasta que llenó varias bolsas.

Quise pagarle todo aquello. Pero se negó. Debió de regalarme cerca de sesenta libros.

A continuación me mostró la habitación en la que escribía: una mesa repleta de papeles amarilleados, tubos abiertos de pintura, una Olivetti que ya no usaba y dos banderillas (de verdad) clavadas en una especie de pisapapeles. Del techo colgaban la bandera comunista y la republicana. En uno de los estantes, presidiendo, una foto de Antonio Gómez.

Ora pro nobis.

Una hora después, estaba sentado en uno de los bancos del parque, esperando a que Chose me recogiera. A mi lado tenía cuatro bolsas de plástico de las que no dejaba de sacar joyas. Tenía la sensación de estar en el centro del mundo. Me encontraba incluso un poco mareado, como borracho.

Lo de menos fue terminar con los dedos llenos de polvo.

La música y sus intérpretes

Dice el zanfonista de sí mismo que se pasa media vida afinando la zanfona para tocarla la otra media desafinada.

Editorial Delirio


Hace una semana, Fabio de la Flor me envió los dos primeros títulos de la colección de poesía que acaba de estrenar. Lo primero que llama la atención en ellos es su diseño: cuadrados, de bolsillísimo y con unas portadas llamativas. A ello se une que los autores que firman los poemarios son dos escritores de los de verdad: Ben Clark y Gonzalo Escarpa.
Los buenos lectores de poesía no deberían perdérselos. Sobre todo en una época en la que las editoriales comerciales (en el peor sentido de la palabra) distribuyen (eso sí, magníficamente) catálogos repletos de mediocridades. En fin. Pero no hay que desanimarse. Recordemos que, cuando Gulliver despertó en aquella playa, se dio cuenta de que cientos de diminutas cuerdas le impedían ponerse en pie. Larga vida a los liliputienses.

miércoles, 14 de enero de 2009

Semillas

La princesa pidió hacer ella misma la cama de la habitación de invitados donde iba a dormir su primo, el infante don Jaime, que regresaba victorioso de luchar contra el infiel.
Alabada sea la Virgen María, madre y señora nuestra.
Primero probó, tumbándose en él, la comodidad del colchón.
Luego, sin dejar de sonreír, puso sábanas limpias.
Y, por último, mientras mullía la almohada, escondió en el relleno unas cuantas semillas.
Esa noche el muchacho, cuando cayese rendido por el cansancio, soñaría con árboles cuyos frutos tienen el sabor blanco del pecho de las doncellas.

Poética


La parte por el todo

Todas las casas se construyen con presencias y ausencias.
El ladrillo que se pone será un muro.
El ladrillo que no se pone será una puerta.