Escribo esto sin estar seguro de que no lo borraré antes de llegar al final.
Hoy ha sido un día extraño. Confieso que no estoy bien, que aún no he aprendido a que ciertas cosas no me afecten. O me escuezan menos.
Me explico.
Hace un par de semanas me llamaron de otro instituto de la región porque querían que fuera a leer algunos textos míos a los chavales como colofón de su semana cultural. Después de darles las gracias por haber pensado en mí, contesté que por mi parte no había inconveniente, que lo único que faltaba era comunicárselo al director de mi centro para que me diese el visto bueno. Un mero trámite, imaginé. Ya que cuando estuve dando clase en Alcuéscar, Zafra, Almendralejo, Solana y Alcántara nunca me pusieron ninguna pega. Al fin y al cabo, se trataba de seguir hablando de literatura (aunque fueran distintos los alumnos) y, de paso, no dejaba de proporcionar algo de publicidad al insti de turno.
Pues bien, al ir a informar al director, me encuentro con que me responde que hay que solicitar permiso a la inspectora y que es posible que ésta no lo conceda.
Mañana te cuento, José María.
Su contestación me sorprendió bastante. La verdad, no creía que pudiesen ponerse reticencias al hecho de solicitar hacer más kilómetros aún que de costumbre para continuar trabajando con adolescentes (qué más da de dónde sean).
Esta mañana, Pedro me llamó a su despacho y, a pesar de que he de reconocer que parecía estar de acuerdo en que aquella actividad beneficiaba también a nuestro instituto, me cuenta que, según parece, la inspectora ha puesto muchos peros (ella argüía que se trataba de un asunto privado) y que la única manera de lograr el dichoso permiso era hacer coincidir la lectura con nuestro día del centro.
Estupor.
Es decir, que, mientras que el resto de mis compañeros disfrutaría de un día de comida campestre, a mí me tocaría chuparme doscientos kilómetros para seguir trabajando. Vamos, como si me hubiese dicho que fuese un sábado.
En ese momento (como me ocurre siempre) no supe reaccionar y me callé. Fue luego, pasadas un par de horas, cuando pude rumiar lo que había oído y articular una réplica medianamente ordenada.
Insisto: si bien Pedro parecía comprensivo, no sé por qué tuve la sensación de que mantenía cierta frialdad que me llevó a desconfiar. Especialmente cuando le confesé que aquello venía a sumarse al malestar que siento desde hace un par de años, justo los que llevo con un horario espantoso (el propio equipo directivo me ha reconocido que es uno de los peores de todo el claustro) lleno de tiempos muertos, madrugones y salidas a última hora. Según parece, la causa son los múltiples desdobles que tenemos los de lengua y el hecho de que una compañera disfrute de una reducción horaria por maternidad. A mí me suena a excusa, pero en fin.
El caso es que Pedro insistía (tras soltarme que vivir en Cáceres es una decisión personal, vamos, poco menos que un capricho) en lo de pedir el permiso para el día del centro. Me quedé como sin aliento, entre desmoralizado y humillado. No tenía ni fuerzas para responder con una mínima coherencia. Lo único que acerté a recordarle fue que siempre he intentado promocionar el nombre del centro allá donde he ido (como cuando me llamaron de la tele un par de veces para entrevistarme en mi casa y yo (menudo ingenuo) les rogué que la entrevista se realizase en el instituto por aquello de que saliese en los medios no sólo por cosas malas).
El director, usando, eso sí, un tono correcto, me volvió a pedir que aceptase solicitar el permiso con esas condiciones. Que lo hiciese ,si no por mí, por el centro.
Contesté (me salió del alma) que ya no era necesario pedir nada. Que ya no iba a ir a leer a ningún sitio. Porque, a partir de hoy, seré simplemente José María, el profesor de lengua. Lo siento por los (pocos) buenos amigos que aquí tengo, pero que no cuenten conmigo para nada más que no sea dar clases, poner exámenes y corregirlos. Con dos agujeros en la nariz, se puede respirar detrás de cualquier máscara.