domingo, 11 de agosto de 2013

Huelga de celo en la enseñanza pública


Ahora que falta menos de un mes para que comience el nuevo curso, quiero dejar aquí el texto que leí en el último claustro del pasado. Por si le sirve a alguien.


     Cada vez que la calefacción de mi casa se avería (lo que, para mi desgracia, ocurre con excesiva frecuencia), me veo obligado a llamar al técnico para que le eche un vistazo y trate de descubrir qué es lo que en esa ocasión ha fallado. Supongo que son esas continuadas visitas las que me han proporcionado cierta familiaridad con las tarifas de su empresa. A saber: 28 euros en concepto de desplazamiento y 8 por cada cuarto de hora de mano de obra. A lo que luego, obviamente, habrá que añadir las piezas sustituidas y el veintiuno por ciento del IVA.
     Antonio Machado nos enseñó la diferencia entre el valor y el precio. Y creo que todos coincidimos en que nuestra profesión constituye una forma de ganarnos la vida, sí. Pero no resulta menos cierto que también tiene mucho de vocacional; es decir, es justo esa vocación la que nos empuja a todos a hacer muchas más cosas de las que figuran en nuestro horario.  Y quizá, precisamente por eso, debería apreciarse en lo que vale lo que de verdad supone dedicarse a la enseñanza.
      Durante los últimos años, la educación pública española ha sufrido repetidos ataques que han conseguido desprestigiar nuestro trabajo hasta el extremo de que la mayoría de la población nos considera unos privilegiados que trabajan poco y disfrutan de continuas vacaciones. De hecho, buena parte de la sociedad ha aplaudido el incremento de la carga lectiva y la reducción del sueldo que hemos sufrido durante este curso.
        Me parece que algo hemos hecho mal, que en algo nos hemos equivocado. Es verdad que ha habido muchas personas interesadas en extender ese bulo. Pero también lo es que tal vez nosotros hemos pecado de conformistas o no hemos acertado a explicar lo que realmente conlleva dedicarse a esto.
28 euros de desplazamiento. Ocho por cada cuarto de hora de mano de obra. ¿Alguien se imagina qué pasaría si aplicásemos esas mismas tarifas al tiempo que invertimos en buscar actividades que mejoren la formación de nuestros alumnos más allá de lo que establece nuestra jornada laboral? ¿Qué sucedería si se nos tuviese que abonar esa cantidad cada quince minutos que pasamos en tal o cual excursión, intercambio o viaje de fin de curso? ¿Por qué se considera normal que el técnico de la calefacción cobre por su tiempo de trabajo y a nosotros se nos pide que lo regalemos?
     Ya sé, lo he dicho antes, que uno se dedica a la enseñanza dado que cree en esto, dado que considera que lo prioritario es la formación de los alumnos, sin importar, en muchas ocasiones, que ello implique robar tiempo a nuestras familias. Un tiempo, insisto, que no se registra en nuestro horario y que la sociedad parece negarse a querer ver y reconocer.
   A lo mejor, por eso mismo, ha llegado la hora de plantearse hacer algo. Yo, lo confieso, no sé muy bien qué. Sólo soy un humilde profesor de lengua y literatura que, año tras año, curso tras curso, ve cómo sus compañeros entregan a los alumnos su talento, su trabajo y su entusiasmo, y, a cambio, no obtienen ni una sola consideración o gesto de gratitud ni por parte de la administración (sea del color que sea) ni tampoco por la mayor parte de los padres de los alumnos.
  Éste es el último claustro del curso. Dentro de un rato, nos despediremos deseándonos un buen verano. No obstante, la inminente llegada de las vacaciones no debería implicar que nos olvidásemos de que éste es el último claustro de un curso muy difícil, de un curso en el que a los profesores de la enseñanza pública se nos han arrebatado derechos que habíamos tardado varias generaciones en conseguir.  
 No soy nadie para dar consejos a nadie. Realmente no sé qué hacer. Tal vez tendríamos que empezar (ya lo he propuesto en alguna ocasión) por explicar a los padres que muchas de las tareas que realizamos no figuran en nuestro horario, que si los alumnos pueden ir a Alemania o a Francia (por citar un par de ejemplos) es gracias a un grupo de profesores que, durante cerca de una semana, trabajan gratis veinticuatro horas al día.
 Sí, tal vez. Podría ser un primer paso. Aunque lo que de verdad quiero solicitar formalmente es que nuestro director se reúna con los directores de los otros institutos de Mérida para plantearles la posibilidad de suspender, de manera temporal, toda actividad extraescolar que implique alargar el horario de los profesores. No habría, pues, excursiones ni viajes de fin de curso ni intercambios con otros países ni participación en programas nacionales o europeos ni festivales de teatro, etc, etc, etc. ¿Una medida dura? Puede. Aunque no supondría sino una mera respuesta ante tanto ataque y desconsideración de las administraciones educativas. Estoy seguro de que si lo hiciésemos, bastarían unos cuantos meses para que los padres reclamasen a la consejería que resolviese el problema y los docentes nos encontraríamos en disposición de reclamar el reconocimiento que nuestra labor merece.
 Y es que se han producido situaciones difícilmente justificables. Como aquellas en que un profesor, después de varias jornadas de excursión, ha tenido que quedarse en casa el día siguiente aquejado de alguna dolencia fruto de la propia excursión. Eso sí, el dinero por el día de ausencia se lo descuentan al profesor. El mismo profesor que antes había regalado a los alumnos su tiempo y dedicación.
 En el Albarregas hemos padecido épocas muy duras en las que se nos repetía que las soluciones a nuestros problemas tenían que salir del propio instituto, que nadie iba a venir a sacarnos las castañas del fuego. Pues ahora me parece que nos encontramos en un caso parecido. A mí lo de ponernos la camiseta verde hace tiempo que se me antoja muy poca cosa.
 Soy consciente de las objeciones que se pueden oponer a esta propuesta: que si es muy difícil coordinar a tanta gente, que no todo el mundo estaría de acuerdo, que un centro educativo tiene que seguir adelante a pesar de las dificultades, que los alumnos no tienen por qué pagar los platos rotos…
 Soy consciente de que llevar a la práctica una huelga de celo no siempre es sencillo. Pero considero que, en este caso, el esfuerzo compensa. Por una cuestión de pura justicia. Porque es mucho lo que está en juego. Porque se lo debemos tanto a las generaciones anteriores, que son las que lucharon por conseguir los derechos que ahora corren peligro, como a las posteriores, que no deberían disfrutar de menos derechos que sus padres.
 28 euros de desplazamiento. Ocho por cada cuarto de hora de mano de obra.
Yo, al menos,  necesito que esta petición quede recogida por escrito, archivada en el acta de la reunión del último claustro de un curso que, teniendo en cuenta lo que ha ocurrido, no debería ser un curso más.
Termino. Pido disculpas si esta modesta reflexión ha incomodado a alguien.
  Lo decía al principio: este trabajo tiene mucho de vocacional. Pero no nos olvidemos de que, en primer lugar, es eso: un trabajo, no una ONG. Y por algo el maestro Mario Moreno “Cantinflas” afirmaba que algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado.
   
                                                                                  José María Cumbreño Espada









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